"Las ideas son menos interesantes que los seres humanos que las inventan" FranÇois Truffaut

martes, agosto 26, 2014

And the winner is... Walter White

En los Emmy ha triunfado con toda justicia Breaking Bad.  Mi semblanza de Walter White en Libertad Digital.


100 años con Córtazar



El 26 de agosto de 1914 nacía Julio Córtazar, cronopio genial. En Libertad Digital realicé su semblanza cinematográfica.



En la muerte de Lord Richard Attenborough



En Libertad Digital he escrito el obituario de Lord Richard Attenborough, un actor tan británico como español podía ser Fernando Fernán Gómez y que también dio el salto a la dirección con, al menos, dos películas estimables: Gandhi y Tierra de penumbra.  Y, lo que es más raro, un tipo de izquierdas que se llevaba muy bien con Margaret Thatcher.  Es lo que tiene tener clase...


sábado, agosto 23, 2014

Los mejores documentales de la historia



La revista cinematográfica Sight & Sound ha elaborado una lista con los mejores documentales de la historia.  Mi lista incluye algunas que no están en la británica.

1.  La batalla de Midway, John Ford.
2. All Watched Over by Machines of Loving Grace, Adam Curtis.
3. El sol del membrillo, Víctor Erice.
4. Nanook, el esquimal, Robert Flaherty.
5. El triunfo de la voluntad, de Leni Riefensthal
6. Grizzly Man, de Werner Herzog
7. India, Roberto Rossellini.
8. Sans soeil, Chris Marker
9. Las espigadores y la espigadora, Agnes Varda
10.  Historia(s) del cine, Jean Luc Godard

Se suele decir que hay que escribir con la propia sangre.  O pintar, o filmar.  Pero que yo sepa de los cineastas el único que lo ha llevado al pie de la letra ha sido John Ford en La batalla de Midway, filmada entre las bombas, que le hizo llevarse un buen trozo de metralla y un corazón púrpura.  La moda filosófica más extendida entre los documentalistas es que en-el-fondo-en-el-fondo no hay diferencia entre ficción y documental porque siempre se trata de una elaboración de las imágenes.  Que es como decir que no hay diferencia entre la astronomía y la astrología porque al fin y al cabo se trata de elaborar hipótesis.  John Ford también diseñó cierta puesta en escena para La batalla de Midway pero el factor "realidad" introducía un elemento irreductible a dicha puesta en escena que es la última diferencia entre el documental y la ficción.  Los que no diferencian entre ficción y documental son aquellos que creen que la sangre y el ketchup vienen a ser lo mismo porque ambos son rojos y el espectador no puede distinguirlos a simple vista (aunque sí con un poco de vista compleja, es decir, inquisitiva y experimentadora).



A Errol Morris (uno de esos documentalistas contemporáneos fundamentales, autores de obras clave The fog of war) el discutir con uno de los popes del relativismo postmoderno, el historiador de la ciencia Thomas Kuhn que parió el concepto de "inconmesurabilidad", le valió ser refutado con un argumento irrefutable: un cenicero.  Y es que los postmodernos se dejan llevar por el "pensamiento débil" y pasa lo que pasa...

También podría haber incluido esa lista de diez a La casa negra de Forugh Farrojzad, El hombre de la cámara de Dziga Vértov, Capturing the Friedmans de Andrew Jarecki, Punishment Park de Peter Watkins, cualquier otro de Flaherty, cualquier otro de Riefensthal, algún otro de Herzog, Tierra sin pan de Buñuel...




PD.  Luego, claro está, en la categoría de documentales científicos-divulgativos, por ejemplo, el muy recomendable El poder del dinero, de Niall Ferguson








lunes, agosto 18, 2014

El cine a favor de Nietzsche: El club de la lucha (y una coda liberal)



Así habló Zaratustra es uno de los libros más difíciles de leer y, sobre todo, comprender.  Que los conceptos filosóficos se transmitan a través de metáforas es un estilo que Nietzsche adoptó tanto de sus amados presocráticos como de sus detestados autores bíblicos.  Al inicio del libro profético incorpora tres de las más famosas de su producción: el "superhombre", el "último hombre" y la "transvaloración" (a través de tres etapas: “camello”, “león” y, finalmente, “niño”.)


Para Nietzsche el "hombre" es algo que debe ser superado.  Pero no porque haya algo malo en su naturaleza como creen la antropología cristiana o marxista.  Al contrario: porque está en su naturaleza la superación de sí mismo.  Nietzsche asume la realidad fisiológica, animal, del hombre como algo dado y denuncia a aquellos que a través de la cultura han tratado de eliminar dicha naturaleza vital.  El problema no está en la presunta naturaleza malvada del hombre, como han creído todos los hiperracionalistas desde Platón a Kant pasando por Descartes o los "transmundanos" del tipo judeo-cristiano, sino precisamente en las propuestas culturales que denigran dicha naturaleza y han propuesto redimirla postulando otra realidad, otro mundo, otra vida en la que algunos hombres, cumpliendo unas condiciones antinaturales, se realizarían por fin.  En el largo plazo, cuando estuviesen todos calvos.


"¡No creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterrenales! Son envenenadores, lo sepan o no.  Son despreciadores de la vida, son moribundos y están, ellos también, envenenados, la tierra está cansada de ellos: ¡ojalá desaparezcan!"


La superación del hombre para Nietzsche no pasa, por tanto, por estar muerto, como creían Sócrates o Jesús, sino en despertar a la vida auténtica, a la vida plena, a la vida "vital" valga la redundancia.  Por ello bautizó a su propuesta de superación "Übermensch" que podría traducirse como "superhombre" (la más extendida), "ultrahombre" (la última moda académica), "sobrehombre", etc. (elija la que menos le desagrade) y que él mismo “define” como


  • "el sentido de la tierra"
  • "él es ese rayo, él es esa demencia!"
  • "el rayo que brota de la oscura nube que es el hombre"
  • "ese mar, en él puede sumergirse vuestro gran desprecio"


¿Y qué es lo que hay que despreciar?  Fundamentalmente una cosa: la felicidad.  La búsqueda de la felicidad es lo que define la culminación del ideal socrático, del modelo judeo-cristiano de hombre: un "híbrido de planta y fantasma". Al que Nietzsche también denomina "el último hombre", que vendría ser, sociológicamente hablando, el "burgués", ese tipo social que emerge dominante en el siglo XIX y cuya aspiración máxima es al "bienestar", la "justicia social" y "un entretenimiento que no canse".  Nietzsche despliega todo su talento insultante contra este tipo humano:


"La tierra se ha vuelto pequeña entonces, y sobre ella da saltos el último hombre, que todo lo empequeñece.  Su estirpe es indestructible, como el pulgón; el último hombre es el que más tiempo vive.  "Nosotros hemos inventando la felicidad" - dicen los últimos hombres, y parpadean.  Han abandonado las comarcas donde era duro vivir: pues la gente necesita calor.  La gente ama incluso al vecino y se restriega contra él: pues necesita calor (...)  Un poco de veneno de vez en cuando: eso produce sueños agradables.  Y mucho veneno al final, para tener un morir agradable.  La gente continúa trabajando, pues el trabajo es un entretenimiento.  Más procura que el entretenimiento no canse.  La gente ya no se hace ni pobre ni rica: ambas cosas son demasiado molestas.  ¿Quién quiere aún gobernar? ¿Quién aún obedecer?  Ambas cosas son demasiado molestas.  Ningún pastor y un solo rebaño!  Todos quieren lo mismo, todos son iguales: quien tienen sentimientos distintos marcha voluntariamente al manicomio (...) Hoy la gente es inteligente y sabe todo lo que ha ocurrido: así no acaba nunca de burlarse.  La gente continua discutiendo, más pronto se reconcilia - de lo contrario, ello estropea el estómago.  La gente tiene su pequeño placer para el día y su pequeño placer par la noche: pero honra la salud.  "Nosotros hemos inventado la felicidad" - dicen los últimos hombres, y parpadean.-"





Del protagonista de El club de la lucha no sabemos su nombre pero sí que representa al "hombre común" (Edward Norton), el típico oficinista con el típico jefe, el típico apartamento, los típicos muebles de Ikea y el típico insomnio que trata de paliar con el típico somnífero que su atípico doctor le niega (en una profesión cada vez más farmacologizada) pero le propone ir a algún grupo de apoyo donde podrá comprobar cómo sufre de verdad la gente.  A partir de su visita a un grupo terapéutico para hombres con cáncer testicular (una metáfora de ese “último hombre” nietzscheano, un "picha floja"), encuentra una liberación emocional compartiendo su dolor (no testicular literalmente aunque sí metafóricamente) con el resto de miembros del grupo y, al fin, consigue dormir.  Se hace un yonki de dichos grupos, da igual la temática.  El caso es compartir dolor, sentir el calor de los demás restregándose contra ellos.  





Aunque no tenía cáncer testicular sí es cierto que a nuestro “hombre común” le "faltaban huevos" para afrontar la vida más allá de las convenciones establecidas para alcanzar la felicidad del rebaño según los parámetros publicitarios de Coca Cola y El Corte Inglés.  Entonces conoce a un tipo que vive según sus propias reglas, Tyler Durden (Brad Pitt), un vendedor de jabones que lo va a ensuciar por fuera pero limpiar por dentro (otra metáfora nietzscheana, hace falta mucho jabón filosófico para depurar esta decadente civilización).  Durden es alguien que respeta las reglas de la etiqueta y te pregunta educadamente si prefieres el culo o la bragueta cuando pasa delante de ti en los asientos del avión. Es decir, es un ironista que se burla de las convenciones sociales, subvirtiéndolas). Nuestro "último hombre" deja su apartamento made in Ikea, que por cierto una noche vuela por los aires, y se va a okupar una casa destartalada con su nuevo amigo Tyler Durden. Entre borrachera y pelea fundan el dionisiaco Club de la Lucha, una agrupación voluntaria de gladiadores urbanos que se dedican a aporrearse en un sotano por las noches para escapar de sus rutinas diarias integrados en sus rutinarias familias, sus rutinarios empleos y sus rutinarios medios de comunicación.  Durante unas horas pasan de estar integrados a ser apocalípticos.





El Club va a más, tanto en integrantes como en objetivos.  Llega un momento en que los gladiadores se convierten en guerreros para salvar la civilización occidental de su debacle consumista y plebeya cometiendo pequeños atentados terroristas que comienzan como performances bromistas y acaban emulando a Bin Laden.  El enfrentamiento entre "el hombre común" y el "superhombre" está servido...


Nietzsche ilustraba su profecía de transición desde el "último hombre" hasta el "superhombre" a través de la transformación en tres fases desde el "camello" hasta el "niño" pasando por el "león".


"Tres transformaciones del espíritu os menciono: cómo el espíritu se convierte en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño (...) con todas estas cosas, las más pesadas de todas, carga el espíritu de carga: semejante al camello que corre al desierto con su carga, así corre él a su desierto.  Pero en lo más solitario del desierto tiene lugar la segunda transformación: en león se transforma aquí el espíritu, quiere conquistar su libertad como se conquista una presa y ser señor de su propio desierto."


El ingenio de la novela de Chuck Palahniuk y la película de David Fincher está en haber hecho convivir al "último hombre" con el "superhombre", al "hombre común" con Tyler Durden, dibujando como sería un mundo en el triunfase el espíritu de la creación de valores antitéticos con los establecidos.  En principio, en la primera fase, se trata de "crearse libertad para un nuevo crear".  En una segunda fase, Tyler Durden, ese niño juguetón y “desvergonzado”, a espaldas del "hombre común" creará un nuevo juego en el que se vaya radicalmente más allá de las convenciones sociales.  Ahí ya no puede seguirlo el "hombre común", atado a "prejuicios" humanistas sobre la dignidad y la individualidad, y es por lo que Durden lo mantiene en la ignorancia:


"Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí (...) el espíritu quiere ahora su voluntad, el retirado del mundo conquista ahora su mundo. "




La comunidad de fieles que rodean al "hombre común" y a Tyler Durden en el Club de la Lucha está compuesta de hombres que han redescubierto su masculinidad, "sus cojones", su santa voluntad a partir de una sociedad que los había emasculado (Tyler Durden trata a las mujeres con la delicadeza que recomendaba Zaratustra:  “¿Vas con mujeres? No olvides el látigo”).





Para Nietzsche, los liberales estaban en el mismo saco que los socialistas, los anarquistas, los comunistas... en cuanto que compartían con sus aparentes adversarios políticos las creencias igualitarias y democráticas típicas de la Ilustración y la Modernidad, en suma, de la visión judeo-cristiana, es decir "esclava", de las relaciones sociales.  Cuando los liberales se quejan por el incremento en todos los órdenes del "Estado de Bienestar" no se dan cuenta de que en realidad el problema no está en la primera parte del sintagma, el "Estado", sino en el segundo, "del Bienestar”.  De los ideales del "bienestar", la "seguridad" y la "búsqueda de la felicidad" (ese sucedáneo de Thomas Jefferson del "derecho a la propiedad" de Locke) se sigue como corolario político-económico el crecimiento ad infinitum del Estado como promesa y garantía del desideratum moral del "bienestar".  




Es por ello que Nietzsche resulta siempre tan peligroso porque critica el fundamento moral de nuestra sociedad occidental -de tirios y troyanos, de liberales y socialistas, tan parecidos en su “humanismo”- oponiéndole un estilo de vida que se remonta al primitivismo griego de la Ilíada y la Odisea, donde no hay rastro de "bienestar" y "felicidad" y sí mucho de "peligro" e "intensidad".  Un mundo donde los poetas cantan estremecidos la "cólera" del héroe, es decir, una sentimentalidad excelsa y sublime a partir de la cual se vive el amor y la solidaridad, la venganza y la conquista.  No ha habido amistad como la de Aquiles y Patroclo, ni venganza como la de Aquiles respecto de Héctor, ni piedad como la de Aquiles con Príamo.


Lo que plantea Nietzsche es sustituir el "Estado del Bienestar" por la "Sociedad del Peligro".  Y no hay mejor retrato que la que nos ofrece el Club de la Lucha de cómo ser un nietzscheano verdadero: basta con hacerse un tatuaje derramando sosa cáustica (un componente en la fabricación del jabón, no por casualidad el trabajo de Tyler Durden. El jabón que limpia la suciedad material también lo hará con la espiritual, en forma de quemadura química o, como veremos más tarde, de explosión terrorista) en la mano para dejar una horrible cicatriz y provocar una pelea en la calle, a ser posible insultando a un policía local, tirándole un zapato a un polítco o subiéndose a colocar una bandera blanca al puente de Brooklin.  Seguramente gane unos puñetazos y pierda unos dientes pero


"Hermano mío, ¿son males la guerra y la batalla?  Pero ese mal es necesario, necesarios son la envidia y la desconfianza y la calumnia entre tus virtudes (...) El hombre es algo que tiene que ser superado: y por ello tienes que amar tus virtudes, -pues perecerás a causa de ellas.-  Así habló Zaratustra"


El final de la película es ambiguo -terrorismo mediante bombas fabricadas, cómo no, usando jabón durdenita entre los ingredientes-.  ¿No decía Nietzsche que él era “dinamita”?- como lo es la interpretación política del "superhombre" nietzscheano. ¿Es un precedente de los nazis?  Dado que su principal intérprete fue Heidegger, podría parecer que sí.  Esas apelaciones a la "tierra" y a la "sangre" son muy queridas de los nacionalistas.  Hayek al menos así lo pensaba ya que una nota a pie de página de Camino de servidumbre sitúa al pensador alemán como un ideólogo de los comunitaristas.  De sus conexiones nazis lo han pretendido salvar sus intérpretes postmodernos echándole la culpa del malentendido a la selección de textos que hizo su hermana Elizabeth, muy famosa en la Alemania de principios del siglo XX.  Pero fue el propio Nietzsche el que llevado por su incontinencia lingüística, su pasión por la contradicción y las metáforas, así como su talante dinamitero, el que se enredó muchas veces en los laberintos del nacionalismo, el antisemitismo, la apología de la dictadura y la violencia.


Se ha repetido hasta la saciedad la condena de Nietzsche del "Estado como el monstruo más frío".  Pero se ha malinterpretado seguramente en cuanto que no criticaba al Estado en sí sino su transformación en un "monstruo frío".  Lo que él buscaba es que fuese "caliente".  Para lo cual planteaba una institución estatal según el modo militarizado de Esparta que encontró su paradigma teórico en la República de Platón.  Efectivamente en su opúsculo "El Estado griego", Nietzsche defendía el modelo dictatorial, jerárquico, "caliente", planteado por el aristócrata Platón, al que sólo reprocha que, llevado por la mala influencia intelectualoide de Sócrates, pusiera en la cúspide a los "sabios" en lugar de aquellos que defendía Nietzsche que debían ser la casta dominante: los "militares-artistas".  O, como defin en otro momento, a su modelo de "superhombre": Julio César combinado con Jesús.   ¿Es Tyler Durden una aproximación a dicho "superhombre"?  





PD. Otras posibles aproximaciones serían el Harry Lime de El tercer hombre del tándem Reed-Welles, Ricardo III (magnífico documental de Al Pacino), Hannibal Lecter (estupenda serie protagonizada por Mads Mikkelsen) o el coronel Kurtz de la muy explícitamente nietzscheana Apocalyse Now.